martes, 25 de junio de 2019

MALAGUEÑOS POR VARSOVIA. Capítulo 13.

Mi avión sale en tres horas y yo ya estoy en el aeropuerto. Se ha juntado mi nerviosismo y mi manía de anticiparlo todo en el "modo aeropuerto" con la impuntualidad del taxista (ha llegado demasiado pronto).
Llevo unos días mirando Varsovia como nunca antes la había mirado. Bueno, la había mirado. Parecido pero no de esta manera. Ayer, en mi última sesión de estudio en la prestigiblabla Universidad de Chopin, decidí (y decidió el que cortó la avenida), volverme a mi casa andando. Eran eso de las ocho, y la luz a esa hora es preciosa. No sé qué pasa por esta zona, el sol se pone sobre las 9 pero el cielo no se vuelve negro hasta las diez y pico de la noche. Y más estos días, que el verano ya está aquí. He vivido estos meses en el centro histórico de Varsovia, en el Stare Miasto, zona muy bonita y diría que no cualquier polaco puede permitírselo, pero como diría mi amigo turco, somos de la zona euro y nosotros sí podemos. Y eso he hecho todo el año, aprovechar que mi cuenta está en euros (he vivido un poco como una rica, sí). Bueno, se me va el tema. Todo esto quiere decir que cada vez que volvía a casa, tenía que pasar por ahí, que por muy reconstruido que esté y muy nuevo que sea, a mí me parece precioso. Pero lo de ayer fue distinto. No sé si por lo drogada que me tiene la nostalgia o porque realmente era todo muy agradable o por las dos cosas. Nowy Świat y Krakowskie Przedmieście, esta última sin poder pronunciarla a estas alturas. Los bancos de Chopin. Un clima perfecto, una luz preciosa y no mucho turista en la calle. De repente, darle al play a uno de los bancos de Chopin, lo hace todo aún más nostálgico. Seguí caminando, acercándome ya al centro histórico, y entonces veo a dos chavales con mucho público. Él tocaba la guitarra y cantaba y ella cantaba. Tenían muchísimo público, pero muchísimo. Y madre mía cómo cantaban. Me daban ganas de gritarles que cruzaran la pasarela, pero según la única palabra que entendí en ese cartelito que tenían, querían irse de vacaciones. A 24h de abandonar el país de los eslotis, decidí qué hacer con todas las monedas que no había gastado. No era mucho, pero ese momento de rebuscar en tu monedero hasta coger el último céntimo, llegar a la funda de la guitarra con la mano llena de monedas y soltarsela toda... Qué guay. Les habría dado más pero no tenía. Cantaban pero increíblemente bien, con unos vozarrones que flipas, y con Plac Zamkowy de fondo. Creo que Varsovia se estaba despidiendo de mí.
Y me pregunto yo cómo una se despide de esta experiencia, cómo después de nueve meses viviendo en un país con un idioma rarísimo, pensando que a veces lo entiendes, habiendo días en los que ni siquiera hablas tu idioma materno y las palabras sólo te salen en inglés... Vuelves a casa en el que esa complicación no existe. Todo parece más fácil. Desde luego que lo es, la verdad, al otro lado del mostrador me van a entender sí o sí si necesito algo.
Pero no es solo el idioma, es la gente, los compañeros, los profes, LA profe y muchas experiencias que sólo las podría haber vivido haciendo un Erasmus. Dejadme que os confiese algo, pero casi no tengo plaza en Varsovia. Casi. Yo y los casi. Pero siempre llego. Los planetas se alinearon para encontrarme yo con esta gente, este ambiente y esta ciudad, que es la más bonita de Polonia digáis lo que digáis.
Pero bueno. Todo acaba. Y empieza otra cosa. Pero lo que acaba merece una buena despedida.

Os preguntaréis por qué le he hecho una foto a mamá pata y sus patitos. El recinto en el que se encuentra es un lugar al otro lado del Vístula, una calle ruidosa y concurrida, pues une un lado del río con el otro. Al llegar a Varsovia, me contaron que ahí viven tres osos pardos y que a veces se les puede ver. A mí eso me fascinó. Y a todo el que ha venido a visitarme, lo he llevado allí para ver si aparecían esas tres osas, que hace poco me enteré que eran hembras y rondaban los 40 años. Un paréntesis: me contaron que aunque no era el sitio ideal para tres osos pardos y que estaban ya acostumbrados al ruido y a la gente, no podían moverlas al zoo porque estaban muy mayores, y que cuando murieran, cerrarían el recinto. El recinto es un cacho de piedra con sitios donde se refugian y agua. Cierro paréntesis. Total, que en invierno los osos no estaban porque hibernan y en verano se esconden del calor. He ido muchísimas veces a ese sitio exclusivamente para ver si había llegado ya el día de conocer las osas de Varsovia. Pero no. Mamá pata y sus patitas. Y de verdad que existen, eh, no es una leyenda. Entonces, empecé a pensar que el universo estaba queriéndome decir algo (me he vuelto a ver Cómo conocí a vuestra madre y ahora soy un poco Ted), y que igual Varsovia no quería que conociera a los osos ahora. Igual no es el momento. Pero tengo que ver a los osos. Quiero verlos. Entonces con toda esta tontería de máster en polaco y chalauras que he hablado y pensado, de repente mi cabeza dijo: igual verlos significa que no tienes nada más que hacer en esta ciudad, pero si en nueve meses no has sido capaz de verlos... Mi subconsciente me está diciendo que vuelva. Porque amigos, nueve meses después, no he visto a los osos.
Voy a levantar el culo que tengo que facturar un maletón que es la mitad que yo.
Y aquí terminan mis Malagueños por Varsovia. Quién sabe si tendré que retomarlos algún día o no.
Do widzenia!
























22/06/2019

viernes, 7 de junio de 2019

MALAGUEÑOS POR VARSOVIA. Capítulo 12.

"Que al final todo se acaba cuando empieza lo mejor", decían Despistaos cuando yo tenía 15 años. Bueno, no sé si empieza lo mejor, pero es verdad que las cosas se acaban cuando pasan cosas bonitas.
No sé si habéis visto ese capítulo de Cómo conocí a vuestra madre en el que Marshall está harto de trabajar en GNB y decide dimitir, y antes de hacerlo de repente todo le parece maravilloso y el capítulo va un poco de decir adiós a cosas que tienen que acabarse y justo antes de hacerlo te parecen maravillosas. Mi situación sentimental ahora mismo es un poco esa. De repente todo me parece precioso (que siempre me lo ha parecido, la verdad, pero ahora más), estudiar en los pasillos me parece que tiene cierto encanto, el idioma me parece bonito e incluso vuelvo a tener ese sentimiento de qué guay no entender nada y aislarte del mundo. Ahora mismo miro Polonia con los ojos que Marshall mira al GNB. Sólo que Polonia tiene cosas más guays que el GNB.
Varsovia ahora está diferente. O igual soy yo la que está diferente. La conocí fría y hablando raro, pero ahora, de repente, hace un calor asqueroso e incluso me atrevería a decir que entiendo algo. A ver, sin pasarnos. Pero me acuerdo cuando llegué que sonaba a que se estaban inventando sonidos sobre la marcha y ahora mi cerebro se cree que al menos el contexto lo entiende.
Varsovia ahora está diferente, sí, el ambiente es distinto y el calor hace a la gente más feliz y llama demasiado al turismo, pero en realidad soy yo. Varsovia sigue como el primer día, la casa del fondo de Plac Zamkowy sigue igual que el primer día, con los mismos ladrillos y los mismos colores, he sido yo la que cada día ha descubierto algo nuevo de esa casa. Últimamente paseo mucho con este calor asqueroso (prefiero el terral) y conforme voy viendo sitios, me acuerdo de las primeras veces que los pisé, lo que pensé y el reto que me supusieron. En aquel momento era un reto y ahora, de repente, qué chorrada, qué fácil, tampoco es pa tanto.
El otro día leí un artículo que decía que no sé cuantos meses en el extranjero equivalían a cuatro años de "vida normal". No sé cómo de cierto es eso, pero yo desde mi casa en Torre del Mar, Málaga, no podría haber hecho todo lo que he hecho. Que tío, que no es por na, pero que compro trenes en polaco, hago la compra en polaco, viajo en transporte público en polaco y he tenido clases en polaco. EN POLACO. ¿Sabéis cómo suena el polaco? Que es una puta locura. Pero oye, gracias a esta puta locura ahora cualquier idioma me da risa y me parece que puedo aprender cualquier idioma de lo alto que tengo el listón.
Esto se acaba, sí. En dos semanas vuelvo a casa para bien y para mal, dejando todo lo bueno y todo lo malo que me ha aportado Varsovia y Chopin. Chopin. Universidad de Chopin. A veces pienso que creer en el destino es una tontería pero entonces me da una hostia en la cara. Otro día os hablaré de la mujer que hizo que mi Erasmus fuera lo mejor que he hecho nunca.
Recordadme también que os cuente lo de los osos. Todavía no los he visto. Y no sé si quiero verlos.
PD: próximamente el último capítulo (spoiler: familia Peláez Hidalgo por Polonia pensándose que hablo polaco de verdad).

miércoles, 15 de mayo de 2019

MALAGUEÑOS POR VARSOVIA. Capítulo 11.

Os preguntaréis que por qué he tardado dos meses en pararme a escribir el capítulo 11. O no. A lo mejor os da igual, pero yo os lo voy a contar. 

Bauticé mi abril de 2019 como "crazy April". Mi originalidad está a tope últimamente, lo sé. Prácticamente todos los días tenía cosas que hacer (fuera de la rutina, quiero decir). Os lo contaré por orden cronológico, pero ya os aviso de que este capítulo podría no pertenecer a "Malagueños por Varsovia", porque... Bueno, allá voy.

Abril comenzó el 1 de abril, como todos lo meses, peeeero con un examen. ¿Os acordáis de ese examen de técnica que hice en diciembre? Pues otra vez ese, pero más difícil. Y bien, la verdad, saqué la misma nota pese a que recibí críticas muy buenas sobre mis avances. 

Durante esa semana, empezaron los ensayos de orquesta, los del único encuentro que me han dejado tocar (me quejo pero a la larga me ha venido bien porque era una paliza). ¿Que cómo hacen los encuentros? Prácticamente todos los días de una a cinco de la tarde, semana y media antes del concierto. Qué guay, ¿eh? Por suerte y como siempre, hay sobredosis de flautistas y no tuve que estar todas esas horas todos los días.  Aún así, para mí fue un reto, incluso una gymkana o, qué digo! una escape room. Que no pasa nada, que sólo tienes que llegar y tocar y contar compases. Ajá. Algo facilísimo cuando hablamos todos en el mismo idioma. Una putada cuando el director solo habla en polaco, dice no sé cuántos compases antes de no sé qué compás y tú, obviamente, no entras donde tienes que entrar. Y el director te mira. Dice algo de flauta. Y yo lo miro. "I'm sorry, I don't speak Polish". Y toda la orquesta me mira. Tierra, trágame. Afortunadamente, mi compañero oboísta tuvo el detalle de traducirme cuando podía. Al final, hice un intensivo de aprenderme los números en polaco y casi que podía tirar yo sola, pero los primeros días salía realmente agobiada de no entender nada. Pero como todo lo que he hecho en este país hasta ahora, lo saqué y ya está. Y el concierto fue mu bonito y to eso y blablabla.

Entre el examen de técnica del principio y el concierto de orquesta, hice una paradita el fin de semana en Poznan, una ciudad pequeñita pero muy mona. Allí se me perdió que el ensemble de flautas que he tenido en música de cámara, tocamos en un festival internacional de ensembles de flautas en aquella ciudad. Y yo me planté el día anterior allí, sola, dispuesta a guirear. ¡Y qué bonita Poznan! Me recibió con unos 20 grados y un cielo azul y despejado que llevaba meses sin ver, música en la calle, mercadillos... Y sola. La primera vez que hacía turismo sola. A alguna gente le podrá parecer un poco triste, pero no lo fue para nada. Descubrí que dar vueltas sola en una ciudad nueva, sin que nadie te diga nada, puede ser una experiencia enriquecedora. Pasártelo bien contigo misma. Cuidao con eso que no es fácil. Al día siguiente, tocamos en el festival internacional (todo en inglés!!!) y fue muy chulo. Y me volví a Varsovia muerta de cansancio y de sueño.

El 12 de abril, los "Armyfónicos Exiliados" (así es cómo nos hemos bautizado los que estamos viviendo fuera de España) quedamos en Praga, a invadir la casa que nos quedaba por invadir. Esa ciudad y país donde ahora puedo decir que hablan un polaco mal (son lenguas eslavas las dos y tienen palabras muy parecidas). Pero muy mona Praga, oye. Igual fui con las expectativas muy altas, pero el reloj ese está to wapo y el castillo también. Sin embargo, lo que pasa cuando viajas con buena compañía, es que los recuerdos que se te quedan al final apenas nada tiene que ver con la ciudad. Porque hacer un videoclip cantando (o intentándolo) "one day more" de Los Miserables desde un mirador que se veía toda Praga.... No tiene precio. Y lo de que aparezca tu hermano de la nada tampoco, la verdad.

Vuelvo a Varsovia, y lo primero que hago es tocar en otro concierto otra vez con el ensemble de flautas. Y entonces me da tiempo a respirar un poco, pero sólo un poco, porque a las 12 de la noche de ese lunes 15 de abril, llegó el antepenúltimo invitado a este piso, dispuesto a quedarse hasta el sábado. A mí Varsovia me gusta mucho, pero se ve en dos días. ¿Que qué hicimos? Aprovechar que no tenía clase y escaparnos a Breslavia. Sin duda alguna, la ciudad MÁS GUAY de Polonia. Nos recibió con un solazo increíble también, y es que es preciosa. Es que tiene un encanto que sólo en Polonia lo tiene ella. Que si puentes, islitas, enanos... Y nada masificada de turistas, id antes de que se llene de guiris como nosotros. Y barata y con buena comida, por supuesto. Volvemos a Varsovia, once again, y le hago (más o menos) el clásico tour que ya puedo hacer yo sin recurrir a nadie.

Entonces llega el sábado, el chalao este se va por la mañana y yo por la noche cojo un avión hacia Málaga. Después de tres meses y medio. Que no sé vosotros, pero eso pa mí es una pechá. Aterrizo en Málaga querida, todo nublao, pero con un olor a mar que sólo la gente que vivimos en la costa sabemos lo que es volver a casa con ese olor. Estuve diez días, pudiendo empalmar las vacaciones de Pascua con las del puente de mayo (que en Polonia es enorme). De Málaga solo puedo decir un par de cosas realmente importantes: QUÉ BUENOS ESTÁN LOS ESPETOS y RIMAAAAA, DOBBYYYY!!!! Ah, bueno, y que me dio tiempo a votar. Aún así, durante estos diez días, aparte de ver a mi gente que tanto echaba de menos, me acerqué al superior a saludar rápido y veloz. Y tuve una sensación extrañísima al entrar. Como que nada había cambiado, pero que a la vez sí. Todo seguía igual pero había gente que ni me sonaba... y fue muy extraño. ¿Ir o volver? Todo esto se me pasó cuando me colé en el aula 23 y pararon la clase sólo para darme la bienvenida <3

Y aquí se termina mi abril de locos, cogiendo otro avión, el décimo del curso, pero no hacia Varsovia, amigos! ¡Quedada en Londres con mi hermana! Algo que llevábamos soñando desde hace mucho tiempo, no hablo de ir a Londres, sino de ir a Hogwarts. Planeamos el viaje con 5 meses de antelación para poder ir a los malditos ESTUDIOS DE HARRY POTTER EN LONDRES QUE SIEMPRE ESTÁN LAS ENTRADAS AGOTADAS. Para eso principalmente, y de paso vimos Wicked. Sinceramente, no puedo contar lo que supuso para mí estar allí, merece una entrada que haré algún día, porque son tantas cosas que esto se haría eterno (más). Solo que, buah, tenéis que ir. Es mágico ;) 

Y después de tanto avión, POR FIN, vuelvo a Varsovia, pero con mi hermana (penúltima invitada), a hacerle el clásico tour del que os hablé antes. Y aquí estoy, a un mes y poco de que termine esta experiencia, estresada, triste y feliz por todo lo que dejo y todo lo que está por venir. No me puedo creer que el tiempo haya pasado tan rápido (y que haya vuelto este tiempo de mierda) y que esto se esté acabando.

Ayudadme, ¿qué hay después del Erasmus?


viernes, 22 de marzo de 2019

MALAGUEÑOS POR VARSOVIA. Capítulo 10.

Cuando llegué a Varsovia no tenía idea de nada. De la ciudad, quiero decir. Sólo sabía que Chopin y que música y frío. Me refiero a la historia. Nunca he sido amiga de la asignatura de historia en el instituto. No sé si por desinterés, por aburrimiento, por la pedagogía... El caso es que llegué y placas por la calle, monumentos, flores, velas... Como que algo pasaba y yo no lo sabía. Sinceramente, lo único que recuerdo que me contaron en el instituto de la segunda guerra mundial fue que "mató a mucha gente pero la primera fue más importante". Eso dijo aquel profesor de turno. Algunos me entenderéis. Pero yo en aquel momento no lo entendí. Puede que ahora lo entienda mejor, pero me faltan detalles por desinformación.

En cuanto hice el primer free tour con aquel polaco que se definió como “medio polaco medio granaino” y empecé a escuchar palabras como guerra, guetto, levantamieto, rebelión, muros… Me pregunté que qué era eso que me estaban contando tan importante para ellos que a mi cabeza no había llegado. Igual es la historia de la ciudad y no va más allá, pensé. Claro que es la historia de la ciudad, pero claro que va más allá. Seguí haciendo free tours y me apunté a la asignatura de cultura polaca, y de repente, todo lo que para mí me parecía la historia de la ciudad sin más, cobró sentido. Y entendí todas esas placas, monumentos, flores y velas que vi el primer día. Entendí también que en bachillerato no me enteré de nada. Quizá si me lo hubieran contado de otra forma, hubiera sabido a qué ciudad me estaba mudando, o a qué país. Yo qué sé, llamadme inculta o lo que queráis, pero mi cabeza no ha retenido lo que pasó en primero de bachillerato y tampoco me molesté después en saber si lo que estudié ese año era útil o no. Fue así y punto.


Recuerdo que en uno de los free tours, vimos una fachada destrozada. Que Varsovia había sido bombardeada por los alemanes en 1944 y de vez en cuando, en 2019, te puedes encontrar todavía por la calle algún edificio que sobrevivió. Me acuerdo que ese día aluciné con aquella fachada. Me acuerdo acercarme a ella y ver agujeros de balas en ella (o eso parecían). Entonces entendí muchas cosas al ver esa fachada. Me sentí como en un escenario muy bien montado de una película. ¿Cómo podían ser esas cosas reales? Pero no era ficción. Aunque he de decir que eso no fue nada comparado con la visita a Auschwitz.


Debéis saber que nunca he sido amiga de la historia, pero que la orientación nunca ha sido una de mis grandes habilidades. Nunca supe volver sola a esa fachada por mi propio pie. El día que lo intenté me perdí, se me rompió el móvil y me agobié y no quise volver a intentarlo. Fue hace una semana o así cuando conseguí volver y verla con más detenimiento. Con el símbolo este que hacían de Polonia en guerra. Conseguí volver porque cuando vino Grego, él se acordaba de dónde estaba y me indicó el camino. Sí, estuvo 10 días aquí y se acordaba perfectamente y yo mientras dando vueltas y perdiéndome como una tonta durante meses.

Me tiré muchos meses paseando por las calles de Varsovia, descubriendo los pocos edificios que sobrevivieron y quedándome embobada mirándolos. Era como viajar a otra época. Me gusta mirarlos y pensar cómo era la ciudad en aquel momento. Algunos están “escondidos”, otros no, y otros están al lado de edificios súper nuevos y súper modernos, donde el contraste es aún mayor.

Yo en realidad venía a hablar del muro del guetto judío (se me ha alargado un poco la cosa, lo sé). Los alemanes se cargaron la ciudad. El ochenta y tantos por ciento de la ciudad. Prácticamente nada. Destruida. No sé si conocéis la historia del guetto judío de Varsovia. Yo la conocí aquí, por eso de que en el instituto no me enteraba de nada y demás. Creo también que es la mejor manera de aprender historia y cualquier materia, viéndola con tus propios ojos. Me acuerdo del tour judío. El que más me impresionó, el que hablaba del guetto, el grande y el pequeño, y aquel “pasillo” que los unía. Si no conocéis la historia del guetto judío de Varsovia, “El pianista” la cuenta increíblemente bien. La he visto viviendo aquí y he alucinado. 

Lo que iba diciendo: la ciudad desapareció, incluido ese guetto y esos muros que lo rodeaban. Un día, investigando la ciudad desde el sofá de mi piso a través de Google Maps, vi que me señalaba un punto que decía algo de muro y guetto (estaba en polaco). Le di y abrí las imágenes. En mi cabeza sonó un “hostia, tío”. Resulta que un pequeño trocito de aquel muro que separaba los marginados del momento de los no marginados, sobrevivió. Un trocito. Me tiré días y semanas pensando en ir, pero nunca me venía bien. Según decía google, estaba como dentro de una urbanización o algo así y tenía horas de visita. Al final, fui hace poco con mis dos malagueños por Polonia que venían de Cracovia a la embajada. Tenían poco tiempo porque su tren se iba en media hora, pero nos acercamos. Gracias a las reseñas de google, pudimos llegar, porque está escondido. Tuvimos que entrar en un portal, que entramos de chorra porque una señora mayor que andaba muy despacito estaba entrando en él. Decidimos sujetarle la puerta y ya de paso, pues entrar. Yo no sabía cómo de bien estaba eso, pero la señora nos vio y no nos dijo nada. La señora, si no recuerdo mal, era bastante mayor e iba con andador, por eso lo de que andaba muy lento, pero muchísimo. Entonces, cruzamos el portal y nos encontramos con un patio. Y allí estaba. Un trocito del muro del guetto. Con el mismo aspecto que esos edificios que me encuentro a veces por la calle, del mismo color, con el borde de arriba un poco derruido, y con una parte llena de piedras (los judíos en vez de poner flores y velas, ponen piedras, Polonia enseña y divierte). Uno de mis amigos se quedó sujetando la puerta un momento para no quedarnos encerrados, y nosotras nos acercamos a verlo de cerca. La señora se sentó en el patio. Parecía cansada. Visto lo visto, parecía que aquel trocito que había hecho andando desde el portal hasta el banco del patio (¿4 metros?) le había robado mucho oxígeno y necesitaba sentarse. Se quedó observando cómo nosotros observábamos aquel muro. Pensé que con la edad que parecía que tenía, igual tenía historias que contar sobre aquello, si no suyas, de sus padres. Al principio me dije “seguro que está pensando que vaya niñatos metiéndose en portales ajenos para ver el muro, seguro que están hartos”. O no. No nos dijo nada. Igual la señora pensaba justamente lo contrario. Igual pensó que menos mal que las nuevas generaciones se interesan por saber lo que pasó, o yo qué sé, a saber. 


Salimos de aquel patio y de aquel portal y fuimos directos a ver el otro lado del muro, que tuvimos que llamar al timbre y nos abrieron sin preguntar, parecía un local de algo. En ese lado del muro, observamos cosas diferentes. Había un mapita del guetto que nos indicaba que estábamos fuera de él. Seguimos observando sus ladrillos (porque son ladrillos con cemento que se cae a trozos, objetivamente es lo que se ve) y descubrimos que había muchos que estaban sellados con un “10/1”. Si alguien sabe lo que es que me lo diga, porque estaba por todo el muro. También me di cuenta que delante del muro había dos bancos para sentarse. Lo que quiere decir que por muy escondido que esté, la gente lo busca y se sienta a observarlo. Me gustaría saber cuántos locales y cuántos turistas se sientan ahí y qué le transmite a cada uno. 

Aunque he de reconocer que la primera impresión fue una decepción (me lo esperaba muchísimo más alto y más “de película”, supongo), me encantó visitarlo. Sabía que Varsovia me aportaría muchísimas cosas, pero jamás pensé que haría que mostrara interés en la historia.

martes, 5 de marzo de 2019

MALAGUEÑOS POR VARSOVIA. Capítulo 9.

Tengo una MUY BUENA noticia. Llevamos un mes maravilloso. Llevamos un mes en el que puedo contar con los dedos de una mano cuántos días hemos estado por debajo de los cero. El invierno se está acabando (aunque todavía quede un mes). La primavera está llegando. La luz dura hasta las cinco y media de la tarde. QUÉ FELICIDAD MÁS GRANDE. Lo rollo es que ahora en vez de nevar, llueve todo el rato, y aunque la nieve es muy guarra, también era más bonita. Acabo de caer que a saber cuándo es la próxima vez que veo nevar así. Me ha dado incluso un poco de pena, como si en el fondo no tuviera que alegrarme tanto de que ya no nieve. Y no es eso, me alegro de que no haga frío, no de que no nieve. Creo que lo que me pasa es que me gusta demasiado la naturaleza, y estos paisajes que solo se ven en determinadas zonas del mundo.
Todo esto es muy bonito, sí. Más sol y menos nieve. Los polaquitos me cuentan que hace unos años los inviernos eran más fríos, que lo de ahora es rarísimo. El cambio climático, you know, es real (y en Málaga también lo estáis notando).
Aparte de eso, la vida por aquí está siendo tranquila, como a mí me gusta. Estuve en Bélgica con las personas que debía. Éramos cinco y cada uno venía de una ciudad europea distinta (Zaragoza cuenta, no? más el anfitrión residente en Bruselas). Sin darnos cuenta, nos vimos 5 días comiendo y riendo como nunca, más conectados que nunca, por estar viviendo experiencias tan parecidas aunque en ciudades distintas. De repente, la sensación de turismo con la que íbamos empezó a transformarse en sensación de casa rural. Cinco muy buenos amigos en la capital de Europa de casa rural, cenando dos veces y hablando de gilipolleces hasta las tres de la mañana (por no hablar de la fiesta en el auditorio barroco del conservatorio de Bruselas, sí, como lees). Para no quedarnos sólo con la sensación de casa rural, obviamente aprovechamos para ir a Brujas y a Gante, y sí, son de cuento, ambas, preciosas, no sabría con cuál quedarme. Aunque si nos ponemos a hablar de pros y contras, el guía que nos hizo el free tour, aparte de aprovechar su pequeña influencia para hablar del feminismo y de los derechos de las personas en general, nos recomendó visitar una iglesia "que tenía un columpio". Nos quedamos un poco con cara de "qué dice este chalao?". La curiosidad nos pudo y, efectivamente, una iglesia (en la que no hay misa, obviamente) cuya atracción principal es un columpio súper chulo. Por supuestísimo, hay que destacar el chocolate belga, ese bombón enano y caro que nos hizo ver el cielo, pero también los espaguetis carbonara y la tortilla de patatas que tanto echamos de menos.
Por si fuera poco, a la vuelta aterricé en Varsovia, pero a los dos días nos plantamos en Cracovia, para guirear. Sé que con lo que voy a decir, muchos se me echarán encima, pero allá voy: no es pa tanto. Lo digo desde la opinión de una persona que le está cogiendo mucho cariño a Varsovia y que nada más le hacen decir que Cracovia es increíble y preciosa y blablablabla. Me pusieron las expectativas tan altas que sólo me pareció bonita. Eso sí, más barata que Varsovia y con más gente que habla el inglés.
Después de prácticamente 10 días de viaje, caí con fiebre. Mientras tanto, mis dos compañeras de piso italianas hacían las maletas y volvían a la bella Italia. Drama. Dos personas nuevas venían a instalarse en lo que ya es MI casa. Otros dos italianos. Italia quiere decirme algo y no me estoy enterando. O más bien, Italia quiere seguir estando presente en las vidas de la familia Peláez Hidalgo de una manera o de otra.
Yyyyyy ya son más de las doce y voy a pasar el cumpleaños más raro de mi vida. Tan lejos de casa, pero con una experiencia tan única, que jamás volveré a tener. El año que estuve de Erasmus en Polonia.
Esto va muy rápido.

lunes, 21 de enero de 2019

MALAGUEÑOS POR VARSOVIA. Capítulo 8.

¿Os acordáis cuando os dije en el capítulo anterior de lo guay y bonita que era la nieve y de "oh que nieve más"? ¿Os acordáis? ¿Y de la carta Erasmus esa de Helsinki o el argentino en Toronto? Pues... Jajajajajajajaja

A ver, no. Sí, pero no. Me fascina entrar al conservatorio, estar dos horas en clase y que al salir esté todo completamente blanco. Me parece preeeecioso. Pero nadie habla de cuando esa preciosidad se derrite. Qué guarrada. Y tampoco hace falta que se derrita. Hay que tener un cuidado extremo por no pegarse un culetazo, porque aunque echen sal y todo eso, es terreno raro al que no estoy acostumbrada y voy andando un poco acongojada. Pero hablemos de cuando se derrite, sí. Para evitar esos culetazos, hay unos señores que no sé a qué hora se levantan, que cuando nadie los ve, se dedican a quitar la nieve de las carreteras y aceras y hacen montoncitos de nieve. Bien, todo bien. Pero entonces llegan los cero grados. O un grado. O incluso me atrevería a decir dos grados. Eso empieza a derretirse. Y entonces descubres que la nieve tan blanca y tan preciosa que era a no sé cuántos bajo cero, empieza a ponerse gris y negra. Esto no va de racismo, lo prometo. La nieve se ensucia. Y se pone muy guarra. Y de repente te encuentras un montón de montones de tierra a cinco grados por toda la ciudad y es que me da hasta coraje, tío. No me enfado pero me da corae vieo. Es TAN feo que por un momento deseé estar todo el invierno bajo cero y que solo se derritiera la nieve una vez, que es entonces cuando llegaría el "buen tiempo" y las temperaturas positivas.

Total, que Varsovia me recibe un 6 de enero a menos tres y con unos copos de nieve gordo gordo. Yo venía del paraíso de los 17 grados. Y de la luz hasta las 6 de la tarde. Pero EH, menos quejarse que aquí ahora anochece a las cuatro y poco y me hace súper feliz. De aquí al sol, vaya.


Como ya sabéis (o eso creo), estas Navidades han sido un tanto distintas. Tanto que no se podían recordar como "las navidades de cuando mi Erasmus en Polonia", sino que serán recordadas como "las navidades que Celia trabajaba en Ámsterdam, Clara estaba de Erasmus en Polonia y todos nos cogimos un avión hasta Ámsterdam para pasar la Nochebuena juntos". Ahora lo pienso y parece una película Disney, pero es que es un MOMENTO MEMORABLE. Sobre todo porque creo recordar que compré antes el billete de Varsovia Ámsterdam que el de Málaga Varsovia (el de septiembre, digo). Total, que nos tiramos cinco meses haciéndole creer a mi hermana que su Nochebuena no sería en familia y yo subiéndome por las paredes porque tenía ganas de ver el sol y esta sorpresilla no hacía más que retrasar el momento. Pero bueno, al final estuvo guay y ella no se esperaba nada e hicimos un viaje la familia unida después de 15 años y terminamos conduciendo un barquito por los canales de Ámsterdam un 25 de diciembre fun fun fun. Aquella Navidad.

Al final llegué a Málaga y me empapé de sol, perros, amigos, familia, novio y caras conocidas y español todo el rato y alegría. Y poca flauta, la verdad, pa qué mentir. No sé si fueron esos diez días de sol y de caras conocidas o qué fue. La vuelta a Varsovia los primeros días fueron una mierda. 20 grados menos, Norwegian cobrándome cosas que no debía cobrarme y sola otra vez en esta fría aunque bonita ciudad. Pero me duró un par de días. De repente todo es más guay. La gente ahora es más cercana, parece que nos conocemos desde hace más tiempo y, no sé, lo que antes eran caras desconocidas, al volver, ya no lo eran, inconscientemente se metieron en el saco de caras conocidas. Y ahora es distinto, no sé. Ahora todo es más fácil. Ahora alguna polaquita me para por los pasillos y me pregunta "hey! how do you feel? with the exams and stuff". Ahora me doy cuenta del error que hubiera sido quedarse sólo un semestre. And here we are.

Aunque ahora empiece a sentir todo esto más mío, académicamente esto está mereciendo la pena desde el minuto uno que llegué. La suerte que he tenido de encontrarme con una profesora que no conocía y de venir un poco a la aventura, sin saber cómo me iría ni nada... En serio. Llamadlo casualidad, pero es que a veces me veo obligada a pensar que las cosas pasan por algo. No puedo haber tenido más suerte de que las cosas hayan salido como están saliendo. Hemos venido a jugar, y estoy teniendo un juegazo.

Feliz año y hasta cuando acaben los exámenes.

PD: Mirad qué perfecta es la naturaleza y qué bonito es el copito de nieve y qué frío.