Las personas tienen sentimientos.
Nos gusta que nos piropeen, que nos saluden con una sonrisa, que se alegren de vernos, que nos digan qué guapa vengo hoy, que nos den el abrazo del siglo, un besazo, o ambas cosas, que nos digan lo orgullosos que están de tu trabajo y evolución, que nos reconozcan nuestro trabajo, que nos digan que tenemos algo especial, que tengan detalles con nosotros, que nos digan lo que sienten por nosotros, que nos agradezcan cualquier cosa... Nos gusta todo lo que viene de fuera.
También debería piropearme a mí misma, sonreírme en el espejo y decir qué guapa vas hoy, sentirme orgullosa de mi trabajo y evolución, reconocer mi trabajo, saber qué tengo especial que los otros no, saber valorarme... Y qué difícil, ¿no?
¿Qué va antes? ¿El amor propio o el amor de los demás? ¿Alguien nos ha explicado eso alguna vez? Porque yo no recuerdo ninguna asignatura así en el colegio. Y debería haberla.
¿Por qué nos empeñamos que somos menos que los demás? ¿Por qué nos callamos tanto las cosas?
Nos gusta que la gente se alegre de vernos, y nos gusta que nos digan que se alegran de vernos. Dilo tú también. Harás feliz a esa persona. Y así con un millón de cosas más.
Mandemos el pesimismo y la negatividad a tomar viento fresco, o a la mierda, que está más lejos.
Y seamos felices, que pa eso está la vida, pa disfrutar de sus cosas buenas y pa enfrentarse a las que vienen malas. Con optimismo todo va siempre mejor.
Y si no me crees,
te reto a comprobarlo.