miércoles, 27 de febrero de 2013

Tres días y nueve amigos

Una casa de campo. Tres días. Nueve amigos.

Amigos míos. Algunos se conocían de toda la vida, otros sólo de un hola y adiós y otros no se habían visto en la vida.

Llegar a las seis de la tarde, instalarnos, abrir las ventanas, subir las persianas, dar la luz, encender la chimenea... Y, sin apenas darnos cuenta, ya estábamos los nueve abajo al lado del futbolín y de las cartas, con la música a tope, olvidándonos del resto del mundo. En una noche ya parecíamos ser amigos de toda la vida.

Entre regalos adelantados, cartas, piques sanos, risas... La sonrisa puesta los tres días.

Ahora no me sale muy bien expresar todo lo que fue aquello, pero simplemente me encantó estar tres días allí metida, sin mirar ni el reloj ni el móvil, comiendo hasta que anocheciera, picarnos al futbolín horas y horas, jugar a las cartas más horas todavía, acabar hartos de las cartas a las cuatro de la mañana y decir todo el rato "Vámonos a dormir" y que nadie se moviese de allí, soltar una tontería detrás de otra, terminar llorando de la risa a las siete de la mañana... 

Me encantó estar allí pasándolo en grande y viendo cómo los demás también lo pasaban en grande. Porque además es que se veía. Todo el mundo riendo, ni una cara seria. 

Agradezco un montón la ayuda de todos y que me dieran las gracias por todo uno por uno... La sensación de que todo ha salido bien y de que todos se lo han pasado genial es una sensación que me alivia... Y una sensación que hace que me den ganas de organizar más cosas como esta.

Tenía pensado hacer una entrada más... "seria", pero es que no me sale. Hay cosas que es mejor contarlas en persona. Y esta es una de ellas.

Sólo me queda decir una cosa. Que muchísimas gracias a esas ocho personas por portarse tan bien y por colaborar en todo, que me he reído mucho y que me lo he pasado genial. Muchísimas gracias por todo, gente.

Que me alegro un montón que os lo hayáis pasado tan bien como yo y os hayáis llevado tan bien entre vosotros.

Repetiremos.

"Oye, gente, que son las siete de la mañana y está amaneciendo. Vamos a dormir ya, ¿no?"

lunes, 18 de febrero de 2013

Pase lo que pase, desconecta.

Cuando a veces lo mejor que puedes hacer es desconectar del mundo. 

Cuando a veces lo mejor que puedes hacer es apagar el móvil.

Cuando a veces lo mejor que puedes hacer es gritar.

Cuando a veces lo mejor que puedes hacer es soltar todo lo que llevas dentro.

Cuando a veces lo mejor que puedes hacer es poner la música a tope.

Cuando a veces lo mejor que puedes hacer es perderte con tus perros.

Cuando a veces lo mejor que puedes hacer es llevarte a la playa a un amigo y hablar y reír durante horas.

Cuando a veces lo mejor que puedes hacer es dormir.

Cuando a veces lo mejor que puedes hacer es olvidarte de las preocupaciones que no te dejan respirar.

Cuando a veces lo mejor que puedes hacer es cerrar los ojos, parar por un momento y recordar tu objetivo. Y coger fuerza. 

Si otros pudieron... ¿Por qué nosotros no?


... pero antes, desconecta.





lunes, 11 de febrero de 2013

Reír hasta llorar... de la risa

Hay mucha gente que merece la pena.

La mayoría ni los conozco tan bien como quisiera... Pero es que se ve a kilómetros que merece la pena hacerlo. Y cuando los conoces un poquito más, piensas...: "Tío...¡molas!"

Mis alrededores están llenos de gente que me encanta y, aunque unos sean más amigos que otros, me los paso bien con ellos y, lo más importante,... Están ahí. Y cada día me doy más cuenta de ello y lo valoro más.

Con cada uno de ellos tengo o he tenido alguna tontería de esas que siempre recuerdas... Llamarnos frikis entre nosotras, intercambiarnos reliquias y sinsajos, recibir un gorrito de Papá Noel en la cabalgata de Reyes, regalarnos abrazos, apostar tonterías, comernos bocadillos a las doce de la noche a escondidas en Madrid, cantar canciones de LOVG en el salón, ganar al Singstar poniendo voz de pitufo, defender las letras antes que nada, hacer pulseritas para llevar las dos la misma, intentar abrir una puerta con los pies, acostumbrarme a que me saluden tocándome al pelo, ser la chica del pañuelo azul para algunos del conservatorio, hacerme pasar por la hija guiri de mi profe de inglés, hablar como Rajoy en clases de flauta con la profesora, entendernos con la mirada y echarnos a reír como primas, esperarnos hasta las tres de la mañana en Málaga para esperar a cierto famoso, cantar a cuatro voces por la calle, discutir sobre qué instrumento es más difícil, quedarnos hasta las doce de la noche en casa ajena hablando con dos alemanas en inglés, convencernos de que la lluvia es psicológica, aguantar la bipolaridad de aquella profe de orquesta, acojonarnos cada vez que pregunta la nueva, estudiar en alternativa el examen de historia, rebelarnos contra aquella profesora, pasar horas y horas delante del ordenador sonriendo, ir al Costa Coffe cada vez que salíamos de la residencia, encontrarnos sin querer en un pueblo de Inglaterra, escuchar cómo me cantan al oído Cuando me vaya, recibir apoyo y ánimo para que siga escribiendo, hablar como si nos conociésemos de toda la vida, meternos en Madrid un 18 de febrero, abrazar y dejarnos abrazar por David Otero...

Y un montón de cosas que me dejo, pa variar. Es imposible recordar todo lo que he pasado con mucha gente, pero es que... Hay que recordar que estuvieron, que muchas siguen ahí y no se van a ir.

Si me he cruzado con toda esta gente, sólo me sale decir lo que dice Amaral...

Es el destino quien nos lleva y nos guía.


Y toda esta gente... merece la pena.

sábado, 2 de febrero de 2013

Sin miedo a nada

La profesora dio la entrada. Un, dos, tres, y...

Silencio. 

La silla del concertino estaba vacía. 

La profesora se quedó mirando a la única violín primero que había ese día en clase. Necesitábamos estudiar esa parte con la orquesta. Tenía que hacerlo ella. El solo era suyo. 

La profesora le sonrió y le aseguró con la mirada que todo iba a salir bien. A ella ya le temblaban los dedos, y el arco parecía pesar más de lo normal. Nunca antes había tocado delante de tantos músicos, y el hecho de pensar que podría fallar o desafinar una nota... Hacía que los dedos le temblasen más. La timidez le podía, y la profesora lo sabía.

Le dedicó otra sonrisa, y alzó las manos para darles la entrada a la orquesta y a la nueva solista. La chica respiró hondo, cerró los ojos y asintió. Estaba preparada.

Un, dos, tres, y...

La violinista se lanzó, y nos sorprendió a más de uno. Los nervios hicieron que desafinara alguna que otra nota, pero a nadie le importó. La chica había estudiado esa parte y todos lo notamos. Más de uno, los que tampoco queríamos hacer nunca un solo, la envidiamos. Cuando terminó, la profesora paró la orquesta y aplaudió y felicitó a la chica, valorando el esfuerzo que acababa de hacer. Apuntó que tenía que estudiarlo más y, en general, hacer más solos, que la timidez y esas mejillas sonrojadas se le irían quitando poco a poco... 

Fue entonces cuando la profesora nos miró a los de viento, buscando otra víctima a la que quitarle la timidez con el siguiente solo que tenía la obra.

-Flautas, ¿quién quiere hacer el solo?