La profesora dio la entrada. Un, dos, tres, y...
Silencio.
La silla del concertino estaba vacía.
La profesora se quedó mirando a la única violín primero que había ese día en clase. Necesitábamos estudiar esa parte con la orquesta. Tenía que hacerlo ella. El solo era suyo.
La profesora le sonrió y le aseguró con la mirada que todo iba a salir bien. A ella ya le temblaban los dedos, y el arco parecía pesar más de lo normal. Nunca antes había tocado delante de tantos músicos, y el hecho de pensar que podría fallar o desafinar una nota... Hacía que los dedos le temblasen más. La timidez le podía, y la profesora lo sabía.
Le dedicó otra sonrisa, y alzó las manos para darles la entrada a la orquesta y a la nueva solista. La chica respiró hondo, cerró los ojos y asintió. Estaba preparada.
Un, dos, tres, y...
La violinista se lanzó, y nos sorprendió a más de uno. Los nervios hicieron que desafinara alguna que otra nota, pero a nadie le importó. La chica había estudiado esa parte y todos lo notamos. Más de uno, los que tampoco queríamos hacer nunca un solo, la envidiamos. Cuando terminó, la profesora paró la orquesta y aplaudió y felicitó a la chica, valorando el esfuerzo que acababa de hacer. Apuntó que tenía que estudiarlo más y, en general, hacer más solos, que la timidez y esas mejillas sonrojadas se le irían quitando poco a poco...
Fue entonces cuando la profesora nos miró a los de viento, buscando otra víctima a la que quitarle la timidez con el siguiente solo que tenía la obra.
-Flautas, ¿quién quiere hacer el solo?
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