Vaqueros puestos,
tenis atados,
sudadera abrigando,
atril preparado,
partituras leídas,
instrumentos afinados,
y gorro de Papá Noel en la cabeza.
La carroza empieza a andar, y los tambores a tocar. El resto de la banda, más o menos ordenados con los de su mismo instrumento, y los niños desde fuera, siguen a la carroza y a los tambores. El resto de músicos no pueden evitar mover el cuerpo. Los tambores hoy parecen tener más ritmo que nunca. El cuerpo te pide bailar. Y los demás no han tocado aún una sola nota. Los niños ya están pendientes de los caramelos, excepto algún futuro percusionista que no aparta la mirada de los tambores. Suenan los platos, y el resto de músicos ya tienen su instrumento en la boca. Villancicos que todo el mundo conoce salen de todos los instrumentos. Los músicos saben que lo que están tocando no es nada comparado con lo que suelen tocar en los ensayos. Corchea. Negra. Dos corcheas. Blanca. Sol. Do. Si, do. La. Feliz Navidad. Suena un villancico detrás de otro, sin pausa alguna. Todos conocidos, los tradicionales. Y fáciles de tocar, pa qué mentir. Los músicos están tocando, y empiezan a bailar. Nadie dijo que lo fácil fuese aburrido. Lo que al principio era una banda formal y seria de Semana Santa, dejó de serlo al poco de empezar a tocar. Se dejaron de protocolos. Flautas, clarinetes y saxos mezclados entre ellos, sin orden alguno. Percusión, trombones y trompetas a lo largo de toda la banda. Ya no se distinguen filas. Desde fuera, debajo de los gorros de Papá Noel, se ve a los músicos, con sus instrumentos adornados, bailar los villancicos que ellos mismos tocan como si no hubiera mañana. Y entre villancico y villancico, ríen y se dan abrazos y besos entre ellos. Amor por la música y sus músicos. La tarde termina, y los músicos, todavía con instrumento en mano, siguen con la sonrisa puesta de lo bien que se lo han pasado, abrazando y besando a sus amigos músicos. Con la sensación de que no hay nada que una más que la música. Probablemente, aquellos músicos de aquella banda, recordarán la Cabalgata de Reyes de 2013 como una de sus mejores salidas.
De esas veces en las que nada ni nadie puede fastidiarte el resto del día, en las que desprendes felicidad y sonríes cada vez que recuerdas algún momento de la tarde. Sensaciones que se deberían vivir más a menudo. Y que, casualmente, sólo me las provocan la banda y sus músicos.
Gran comienzo, 2013.
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