martes, 25 de junio de 2019

MALAGUEÑOS POR VARSOVIA. Capítulo 13.

Mi avión sale en tres horas y yo ya estoy en el aeropuerto. Se ha juntado mi nerviosismo y mi manía de anticiparlo todo en el "modo aeropuerto" con la impuntualidad del taxista (ha llegado demasiado pronto).
Llevo unos días mirando Varsovia como nunca antes la había mirado. Bueno, la había mirado. Parecido pero no de esta manera. Ayer, en mi última sesión de estudio en la prestigiblabla Universidad de Chopin, decidí (y decidió el que cortó la avenida), volverme a mi casa andando. Eran eso de las ocho, y la luz a esa hora es preciosa. No sé qué pasa por esta zona, el sol se pone sobre las 9 pero el cielo no se vuelve negro hasta las diez y pico de la noche. Y más estos días, que el verano ya está aquí. He vivido estos meses en el centro histórico de Varsovia, en el Stare Miasto, zona muy bonita y diría que no cualquier polaco puede permitírselo, pero como diría mi amigo turco, somos de la zona euro y nosotros sí podemos. Y eso he hecho todo el año, aprovechar que mi cuenta está en euros (he vivido un poco como una rica, sí). Bueno, se me va el tema. Todo esto quiere decir que cada vez que volvía a casa, tenía que pasar por ahí, que por muy reconstruido que esté y muy nuevo que sea, a mí me parece precioso. Pero lo de ayer fue distinto. No sé si por lo drogada que me tiene la nostalgia o porque realmente era todo muy agradable o por las dos cosas. Nowy Świat y Krakowskie Przedmieście, esta última sin poder pronunciarla a estas alturas. Los bancos de Chopin. Un clima perfecto, una luz preciosa y no mucho turista en la calle. De repente, darle al play a uno de los bancos de Chopin, lo hace todo aún más nostálgico. Seguí caminando, acercándome ya al centro histórico, y entonces veo a dos chavales con mucho público. Él tocaba la guitarra y cantaba y ella cantaba. Tenían muchísimo público, pero muchísimo. Y madre mía cómo cantaban. Me daban ganas de gritarles que cruzaran la pasarela, pero según la única palabra que entendí en ese cartelito que tenían, querían irse de vacaciones. A 24h de abandonar el país de los eslotis, decidí qué hacer con todas las monedas que no había gastado. No era mucho, pero ese momento de rebuscar en tu monedero hasta coger el último céntimo, llegar a la funda de la guitarra con la mano llena de monedas y soltarsela toda... Qué guay. Les habría dado más pero no tenía. Cantaban pero increíblemente bien, con unos vozarrones que flipas, y con Plac Zamkowy de fondo. Creo que Varsovia se estaba despidiendo de mí.
Y me pregunto yo cómo una se despide de esta experiencia, cómo después de nueve meses viviendo en un país con un idioma rarísimo, pensando que a veces lo entiendes, habiendo días en los que ni siquiera hablas tu idioma materno y las palabras sólo te salen en inglés... Vuelves a casa en el que esa complicación no existe. Todo parece más fácil. Desde luego que lo es, la verdad, al otro lado del mostrador me van a entender sí o sí si necesito algo.
Pero no es solo el idioma, es la gente, los compañeros, los profes, LA profe y muchas experiencias que sólo las podría haber vivido haciendo un Erasmus. Dejadme que os confiese algo, pero casi no tengo plaza en Varsovia. Casi. Yo y los casi. Pero siempre llego. Los planetas se alinearon para encontrarme yo con esta gente, este ambiente y esta ciudad, que es la más bonita de Polonia digáis lo que digáis.
Pero bueno. Todo acaba. Y empieza otra cosa. Pero lo que acaba merece una buena despedida.

Os preguntaréis por qué le he hecho una foto a mamá pata y sus patitos. El recinto en el que se encuentra es un lugar al otro lado del Vístula, una calle ruidosa y concurrida, pues une un lado del río con el otro. Al llegar a Varsovia, me contaron que ahí viven tres osos pardos y que a veces se les puede ver. A mí eso me fascinó. Y a todo el que ha venido a visitarme, lo he llevado allí para ver si aparecían esas tres osas, que hace poco me enteré que eran hembras y rondaban los 40 años. Un paréntesis: me contaron que aunque no era el sitio ideal para tres osos pardos y que estaban ya acostumbrados al ruido y a la gente, no podían moverlas al zoo porque estaban muy mayores, y que cuando murieran, cerrarían el recinto. El recinto es un cacho de piedra con sitios donde se refugian y agua. Cierro paréntesis. Total, que en invierno los osos no estaban porque hibernan y en verano se esconden del calor. He ido muchísimas veces a ese sitio exclusivamente para ver si había llegado ya el día de conocer las osas de Varsovia. Pero no. Mamá pata y sus patitas. Y de verdad que existen, eh, no es una leyenda. Entonces, empecé a pensar que el universo estaba queriéndome decir algo (me he vuelto a ver Cómo conocí a vuestra madre y ahora soy un poco Ted), y que igual Varsovia no quería que conociera a los osos ahora. Igual no es el momento. Pero tengo que ver a los osos. Quiero verlos. Entonces con toda esta tontería de máster en polaco y chalauras que he hablado y pensado, de repente mi cabeza dijo: igual verlos significa que no tienes nada más que hacer en esta ciudad, pero si en nueve meses no has sido capaz de verlos... Mi subconsciente me está diciendo que vuelva. Porque amigos, nueve meses después, no he visto a los osos.
Voy a levantar el culo que tengo que facturar un maletón que es la mitad que yo.
Y aquí terminan mis Malagueños por Varsovia. Quién sabe si tendré que retomarlos algún día o no.
Do widzenia!
























22/06/2019

viernes, 7 de junio de 2019

MALAGUEÑOS POR VARSOVIA. Capítulo 12.

"Que al final todo se acaba cuando empieza lo mejor", decían Despistaos cuando yo tenía 15 años. Bueno, no sé si empieza lo mejor, pero es verdad que las cosas se acaban cuando pasan cosas bonitas.
No sé si habéis visto ese capítulo de Cómo conocí a vuestra madre en el que Marshall está harto de trabajar en GNB y decide dimitir, y antes de hacerlo de repente todo le parece maravilloso y el capítulo va un poco de decir adiós a cosas que tienen que acabarse y justo antes de hacerlo te parecen maravillosas. Mi situación sentimental ahora mismo es un poco esa. De repente todo me parece precioso (que siempre me lo ha parecido, la verdad, pero ahora más), estudiar en los pasillos me parece que tiene cierto encanto, el idioma me parece bonito e incluso vuelvo a tener ese sentimiento de qué guay no entender nada y aislarte del mundo. Ahora mismo miro Polonia con los ojos que Marshall mira al GNB. Sólo que Polonia tiene cosas más guays que el GNB.
Varsovia ahora está diferente. O igual soy yo la que está diferente. La conocí fría y hablando raro, pero ahora, de repente, hace un calor asqueroso e incluso me atrevería a decir que entiendo algo. A ver, sin pasarnos. Pero me acuerdo cuando llegué que sonaba a que se estaban inventando sonidos sobre la marcha y ahora mi cerebro se cree que al menos el contexto lo entiende.
Varsovia ahora está diferente, sí, el ambiente es distinto y el calor hace a la gente más feliz y llama demasiado al turismo, pero en realidad soy yo. Varsovia sigue como el primer día, la casa del fondo de Plac Zamkowy sigue igual que el primer día, con los mismos ladrillos y los mismos colores, he sido yo la que cada día ha descubierto algo nuevo de esa casa. Últimamente paseo mucho con este calor asqueroso (prefiero el terral) y conforme voy viendo sitios, me acuerdo de las primeras veces que los pisé, lo que pensé y el reto que me supusieron. En aquel momento era un reto y ahora, de repente, qué chorrada, qué fácil, tampoco es pa tanto.
El otro día leí un artículo que decía que no sé cuantos meses en el extranjero equivalían a cuatro años de "vida normal". No sé cómo de cierto es eso, pero yo desde mi casa en Torre del Mar, Málaga, no podría haber hecho todo lo que he hecho. Que tío, que no es por na, pero que compro trenes en polaco, hago la compra en polaco, viajo en transporte público en polaco y he tenido clases en polaco. EN POLACO. ¿Sabéis cómo suena el polaco? Que es una puta locura. Pero oye, gracias a esta puta locura ahora cualquier idioma me da risa y me parece que puedo aprender cualquier idioma de lo alto que tengo el listón.
Esto se acaba, sí. En dos semanas vuelvo a casa para bien y para mal, dejando todo lo bueno y todo lo malo que me ha aportado Varsovia y Chopin. Chopin. Universidad de Chopin. A veces pienso que creer en el destino es una tontería pero entonces me da una hostia en la cara. Otro día os hablaré de la mujer que hizo que mi Erasmus fuera lo mejor que he hecho nunca.
Recordadme también que os cuente lo de los osos. Todavía no los he visto. Y no sé si quiero verlos.
PD: próximamente el último capítulo (spoiler: familia Peláez Hidalgo por Polonia pensándose que hablo polaco de verdad).