Mi avión sale en tres horas y yo ya estoy en el aeropuerto. Se ha juntado mi nerviosismo y mi manía de anticiparlo todo en el "modo aeropuerto" con la impuntualidad del taxista (ha llegado demasiado pronto).
Llevo unos días mirando Varsovia como nunca antes la había mirado. Bueno, la había mirado. Parecido pero no de esta manera. Ayer, en mi última sesión de estudio en la prestigiblabla Universidad de Chopin, decidí (y decidió el que cortó la avenida), volverme a mi casa andando. Eran eso de las ocho, y la luz a esa hora es preciosa. No sé qué pasa por esta zona, el sol se pone sobre las 9 pero el cielo no se vuelve negro hasta las diez y pico de la noche. Y más estos días, que el verano ya está aquí. He vivido estos meses en el centro histórico de Varsovia, en el Stare Miasto, zona muy bonita y diría que no cualquier polaco puede permitírselo, pero como diría mi amigo turco, somos de la zona euro y nosotros sí podemos. Y eso he hecho todo el año, aprovechar que mi cuenta está en euros (he vivido un poco como una rica, sí). Bueno, se me va el tema. Todo esto quiere decir que cada vez que volvía a casa, tenía que pasar por ahí, que por muy reconstruido que esté y muy nuevo que sea, a mí me parece precioso. Pero lo de ayer fue distinto. No sé si por lo drogada que me tiene la nostalgia o porque realmente era todo muy agradable o por las dos cosas. Nowy Świat y Krakowskie Przedmieście, esta última sin poder pronunciarla a estas alturas. Los bancos de Chopin. Un clima perfecto, una luz preciosa y no mucho turista en la calle. De repente, darle al play a uno de los bancos de Chopin, lo hace todo aún más nostálgico. Seguí caminando, acercándome ya al centro histórico, y entonces veo a dos chavales con mucho público. Él tocaba la guitarra y cantaba y ella cantaba. Tenían muchísimo público, pero muchísimo. Y madre mía cómo cantaban. Me daban ganas de gritarles que cruzaran la pasarela, pero según la única palabra que entendí en ese cartelito que tenían, querían irse de vacaciones. A 24h de abandonar el país de los eslotis, decidí qué hacer con todas las monedas que no había gastado. No era mucho, pero ese momento de rebuscar en tu monedero hasta coger el último céntimo, llegar a la funda de la guitarra con la mano llena de monedas y soltarsela toda... Qué guay. Les habría dado más pero no tenía. Cantaban pero increíblemente bien, con unos vozarrones que flipas, y con Plac Zamkowy de fondo. Creo que Varsovia se estaba despidiendo de mí.
Y me pregunto yo cómo una se despide de esta experiencia, cómo después de nueve meses viviendo en un país con un idioma rarísimo, pensando que a veces lo entiendes, habiendo días en los que ni siquiera hablas tu idioma materno y las palabras sólo te salen en inglés... Vuelves a casa en el que esa complicación no existe. Todo parece más fácil. Desde luego que lo es, la verdad, al otro lado del mostrador me van a entender sí o sí si necesito algo.
Pero no es solo el idioma, es la gente, los compañeros, los profes, LA profe y muchas experiencias que sólo las podría haber vivido haciendo un Erasmus. Dejadme que os confiese algo, pero casi no tengo plaza en Varsovia. Casi. Yo y los casi. Pero siempre llego. Los planetas se alinearon para encontrarme yo con esta gente, este ambiente y esta ciudad, que es la más bonita de Polonia digáis lo que digáis.
Pero bueno. Todo acaba. Y empieza otra cosa. Pero lo que acaba merece una buena despedida.
Os preguntaréis por qué le he hecho una foto a mamá pata y sus patitos. El recinto en el que se encuentra es un lugar al otro lado del Vístula, una calle ruidosa y concurrida, pues une un lado del río con el otro. Al llegar a Varsovia, me contaron que ahí viven tres osos pardos y que a veces se les puede ver. A mí eso me fascinó. Y a todo el que ha venido a visitarme, lo he llevado allí para ver si aparecían esas tres osas, que hace poco me enteré que eran hembras y rondaban los 40 años. Un paréntesis: me contaron que aunque no era el sitio ideal para tres osos pardos y que estaban ya acostumbrados al ruido y a la gente, no podían moverlas al zoo porque estaban muy mayores, y que cuando murieran, cerrarían el recinto. El recinto es un cacho de piedra con sitios donde se refugian y agua. Cierro paréntesis. Total, que en invierno los osos no estaban porque hibernan y en verano se esconden del calor. He ido muchísimas veces a ese sitio exclusivamente para ver si había llegado ya el día de conocer las osas de Varsovia. Pero no. Mamá pata y sus patitas. Y de verdad que existen, eh, no es una leyenda. Entonces, empecé a pensar que el universo estaba queriéndome decir algo (me he vuelto a ver Cómo conocí a vuestra madre y ahora soy un poco Ted), y que igual Varsovia no quería que conociera a los osos ahora. Igual no es el momento. Pero tengo que ver a los osos. Quiero verlos. Entonces con toda esta tontería de máster en polaco y chalauras que he hablado y pensado, de repente mi cabeza dijo: igual verlos significa que no tienes nada más que hacer en esta ciudad, pero si en nueve meses no has sido capaz de verlos... Mi subconsciente me está diciendo que vuelva. Porque amigos, nueve meses después, no he visto a los osos.
Os preguntaréis por qué le he hecho una foto a mamá pata y sus patitos. El recinto en el que se encuentra es un lugar al otro lado del Vístula, una calle ruidosa y concurrida, pues une un lado del río con el otro. Al llegar a Varsovia, me contaron que ahí viven tres osos pardos y que a veces se les puede ver. A mí eso me fascinó. Y a todo el que ha venido a visitarme, lo he llevado allí para ver si aparecían esas tres osas, que hace poco me enteré que eran hembras y rondaban los 40 años. Un paréntesis: me contaron que aunque no era el sitio ideal para tres osos pardos y que estaban ya acostumbrados al ruido y a la gente, no podían moverlas al zoo porque estaban muy mayores, y que cuando murieran, cerrarían el recinto. El recinto es un cacho de piedra con sitios donde se refugian y agua. Cierro paréntesis. Total, que en invierno los osos no estaban porque hibernan y en verano se esconden del calor. He ido muchísimas veces a ese sitio exclusivamente para ver si había llegado ya el día de conocer las osas de Varsovia. Pero no. Mamá pata y sus patitas. Y de verdad que existen, eh, no es una leyenda. Entonces, empecé a pensar que el universo estaba queriéndome decir algo (me he vuelto a ver Cómo conocí a vuestra madre y ahora soy un poco Ted), y que igual Varsovia no quería que conociera a los osos ahora. Igual no es el momento. Pero tengo que ver a los osos. Quiero verlos. Entonces con toda esta tontería de máster en polaco y chalauras que he hablado y pensado, de repente mi cabeza dijo: igual verlos significa que no tienes nada más que hacer en esta ciudad, pero si en nueve meses no has sido capaz de verlos... Mi subconsciente me está diciendo que vuelva. Porque amigos, nueve meses después, no he visto a los osos.
Voy a levantar el culo que tengo que facturar un maletón que es la mitad que yo.
Y aquí terminan mis Malagueños por Varsovia. Quién sabe si tendré que retomarlos algún día o no.
Do widzenia!

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