viernes, 7 de junio de 2019

MALAGUEÑOS POR VARSOVIA. Capítulo 12.

"Que al final todo se acaba cuando empieza lo mejor", decían Despistaos cuando yo tenía 15 años. Bueno, no sé si empieza lo mejor, pero es verdad que las cosas se acaban cuando pasan cosas bonitas.
No sé si habéis visto ese capítulo de Cómo conocí a vuestra madre en el que Marshall está harto de trabajar en GNB y decide dimitir, y antes de hacerlo de repente todo le parece maravilloso y el capítulo va un poco de decir adiós a cosas que tienen que acabarse y justo antes de hacerlo te parecen maravillosas. Mi situación sentimental ahora mismo es un poco esa. De repente todo me parece precioso (que siempre me lo ha parecido, la verdad, pero ahora más), estudiar en los pasillos me parece que tiene cierto encanto, el idioma me parece bonito e incluso vuelvo a tener ese sentimiento de qué guay no entender nada y aislarte del mundo. Ahora mismo miro Polonia con los ojos que Marshall mira al GNB. Sólo que Polonia tiene cosas más guays que el GNB.
Varsovia ahora está diferente. O igual soy yo la que está diferente. La conocí fría y hablando raro, pero ahora, de repente, hace un calor asqueroso e incluso me atrevería a decir que entiendo algo. A ver, sin pasarnos. Pero me acuerdo cuando llegué que sonaba a que se estaban inventando sonidos sobre la marcha y ahora mi cerebro se cree que al menos el contexto lo entiende.
Varsovia ahora está diferente, sí, el ambiente es distinto y el calor hace a la gente más feliz y llama demasiado al turismo, pero en realidad soy yo. Varsovia sigue como el primer día, la casa del fondo de Plac Zamkowy sigue igual que el primer día, con los mismos ladrillos y los mismos colores, he sido yo la que cada día ha descubierto algo nuevo de esa casa. Últimamente paseo mucho con este calor asqueroso (prefiero el terral) y conforme voy viendo sitios, me acuerdo de las primeras veces que los pisé, lo que pensé y el reto que me supusieron. En aquel momento era un reto y ahora, de repente, qué chorrada, qué fácil, tampoco es pa tanto.
El otro día leí un artículo que decía que no sé cuantos meses en el extranjero equivalían a cuatro años de "vida normal". No sé cómo de cierto es eso, pero yo desde mi casa en Torre del Mar, Málaga, no podría haber hecho todo lo que he hecho. Que tío, que no es por na, pero que compro trenes en polaco, hago la compra en polaco, viajo en transporte público en polaco y he tenido clases en polaco. EN POLACO. ¿Sabéis cómo suena el polaco? Que es una puta locura. Pero oye, gracias a esta puta locura ahora cualquier idioma me da risa y me parece que puedo aprender cualquier idioma de lo alto que tengo el listón.
Esto se acaba, sí. En dos semanas vuelvo a casa para bien y para mal, dejando todo lo bueno y todo lo malo que me ha aportado Varsovia y Chopin. Chopin. Universidad de Chopin. A veces pienso que creer en el destino es una tontería pero entonces me da una hostia en la cara. Otro día os hablaré de la mujer que hizo que mi Erasmus fuera lo mejor que he hecho nunca.
Recordadme también que os cuente lo de los osos. Todavía no los he visto. Y no sé si quiero verlos.
PD: próximamente el último capítulo (spoiler: familia Peláez Hidalgo por Polonia pensándose que hablo polaco de verdad).

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