Olía a enfermo. Como en todos los hospitales.
Seguí a mi madre, y por fin pude ver a mi abuelo.
Entré en la habitación con una media sonrisa. Su pelo blanco estaba despeinado, su rostro pálido y muchos cables lo rodeaban.
Un cáncer de pulmón lo había llevado hasta aquí. Sabía que tarde o temprano moriría, por culpa del maldito tabaco.
Mi abuelo sonrió. Me hizo un gesto para que me acercase, y así hice. Lo abracé con cuidado.
-Abuelo –sonreí. Me separé de él.
-No sé por qué has venido, no me gusta que me veas así.
-Tenía que verte… -decidí dejar la frase a medias.
-¿Crees que voy a ver una luz y voy a irme al “Otro Barrio”? Vamos, Bea, ya sabes que la luz no lleva a la muerte, sino a la vida –sonrió dulcemente.
Suspiré y lo miré a los ojos.
-Ya, ya lo sé… Me lo has dicho muchas veces, pero… ¿Por qué, abuelo? –me dejé caer en el sillón que había allí.
-Hija mía, cuando tu abuela murió me quedé muy tocado y… -se tapó la cara con las manos, y al rato se las quitó de ella-. Empecé a fumar más y más cada día… ¡Que nunca se te ocurra coger un cigarro! –suspiró-. Cariño, la gente se deprime, y cae en drogas, en la bebida o… O le pasa como a mí y termina en un hospital con cáncer de pulmón. Para que veas lo malo que puede llegar a ser el tabaco. Por culpa de él, ahora soy un viejo moribundo.
Las lágrimas recorrieron mis mejillas, y me tapé la cara con mis manos. Noté que mi abuelo me observaba.
-No llores. Cuando todo esto pase, estaré en una parte de tu corazón. Esas lágrimas están
poniendo rojos tus preciosos ojos verdes y mojando esas manos de pianista.
Quité las manos de mi cara y me las miré. Suspiré y me senté en los pies de la cama.
-Nunca tuve la oportunidad de tocar contigo. Yo al piano y tú con el saxo.
-No te preocupes por ello, mis pulmones no me habrían dejado –suspiró. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró-. Venga, vale, te lo diré –sonrió.
-¿Decirme qué? –lo miré a los ojos. Aquellos ojos transmitían confianza, sabiduría… De todo.
Desvié la mirada.
-Ahora hablaré con tu madre, y le diré algo que tú sabrás más tarde. Cuando tu madre te diga eso, entra en mi habitación que hay en tu casa y en la mesita de noche, debajo de muchos papeles y libretas, hay un colgante. Cógelo y quédate con él toda tu vida, y así me recordarás. ¿Lo harás?
No sabía qué significaba aquello.
-Claro, abuelo.
La puerta se abrió, y la cabeza de mamá apareció detrás de la puerta.
-Tenemos que irnos, Bea. Despídete del abuelo.
-Miriam, ahora entras que quiero hablar contigo –el abuelo aprovechó la ocasión. Mamá asintió y cerró la puerta, dejándonos solos otra vez.
Volví a mirar a mi abuelo.
-Vive, y si una lágrima sale de tu ojo, que no sea de tristeza.
Sonreí y me acerqué a él para abrazarlo de nuevo.
-Te quiero, niña –susurró.
-Y yo a ti, abuelo.
Me separé de él, y me sequé las lágrimas con las manos. Fui hacia la puerta y nos miramos a los ojos. Quizá por última vez.
-Recuerda lo que te he dicho.
Semanas más tarde, mamá me hizo salir de mi cuarto para darme la noticia que ya esperaba. El corazón de mi abuelo había dejado de latir.
Fue como si me clavasen un cuchillo en el corazón.
Corrí hacia la habitación de mi abuelo, abrí el cajón de la mesita de noche y rebusqué en él lo que quería encontrar. Y lo encontré. Cogí el colgante y me lo puse; era una estrella enganchada a una luna.
Lo miré y lo apreté con fuerza.
La estrella pareció brillar, y fue como si nunca me hubiesen clavado ese cuchillo.
Sentí sus latidos del corazón en el colgante, y supe que estaba en alguna parte de mi corazón.
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