martes, 12 de enero de 2021

MALAGUEÑOS POR VARSOVIA. Capítulo 16.

No sé muy bien por dónde empezar. Ha sido un mes y medio bastante intenso, así que aviso ya: viene capítulo largo, dime por dónde te has quedado cuando te canses y te diré si te has perdido algo guay.

Días más tardes del último capítulo, tuve una audición. Y estaba bastante nerviosa, la verdad. La última vez que tuve una fue en enero de 2020, en las audiciones de departamento... Y de enero de 2020 a noviembre de 2020 habían pasado muchas cosas en medio. Pero bueno, una más, una menos. A las alturas en las que estamos, no deberían preocuparme tanto, el mínimo lo tengo (y más). Normalmente todo me preocupa tanto porque me centro en el resultado, que sí, que es importante, pero como me dijo una vez alguien muy guay al que admiro mucho, lo importante es el camino, mirar atrás y reconocer los avances. Con esto es con lo que hay que quedarse.

En diciembre, volví a las clases de polaco con un grupo nuevo, bañado por el Mediterráneo (y un hindú), y también con profe nueva (más joven que yo, dios mío). De repente, decir que en mi clase éramos una española, un portugués, un griego y un hindú, parecía un chiste. Y lo sigue pareciendo, la verdad. 

Entre clase de polaco y clase de flauta, decidí que las Navidades en España no tenían mucho sentido, entre el peaje de la PCR y la malísima combinación de vuelos de Málaga Varsovia, mientras cancelaban vuelos y Ryanair hacía lo que le daba la gana, se dificultaba la misión de volver a casa por Navidad. Por otro lado, a Grego también se le complicaba bastante, así que se nos ocurrió que igual sería buena idea ir a Rotterdam y pasarla juntos. Nos hacía ilusión y, sinceramente, necesitaba salir de esta casa y de Polonia, empezaba a tener la sensación de estar atrapada, y no quería que, después de tanto tiempo queriendo volver, Polonia me secuestrara, porque así causaría el efecto contrario.

Total, que después de darle ochenta mil vueltas, hablar con Marta, mi familia, mis amigos y absolutamente todo el mundo (recordad que cuando pides opinión, todo el mundo opina, para bien y para mal), compré los billetes para una semana, para salir un 29 de diciembre y pasar fin de año allí. Entonces se me empezó a ir la pinza, la verdad. Que me entiendo, entiendo a la Clara de ese momento y seguramente si me pasara otra vez, volvería a sentirme igual, pero se me fue de las manos. Miré mil veces que podía salir y entrar de Polonia y de Holanda, sin PCR, sin cuarentena, sin prácticamente nada, todo parecía demasiado fácil. Me había leído ya toda la página del gobierno holandés y del polaco, y todo en orden, pero yo sabía que algo me iba a pasar (porque se me da muy bien alimentar los pensamientos negativos). Dos semanas antes de irme, decidí que ya era hora de que en clase de polaco todo el mundo llevara la mascarilla (es obligatoria), puesto que yo nada más que hacía esperar y esperar a que reaccionaran hasta que me harté. Y empecé a pensar que si me contagiaba y me daba fiebre, mi plan de Nochevieja holandesa desaparecería. Y no podía ser. Tenía que salir de esta casa y de este país, y estar una semana con gente conocida que hablase mi idioma y no me pidiera 28 horas al día jugar al parchís, y comer comida normal (de los creadores de la sopa de col, llega la sopa de PEPINILLO, aun peor). Total, que llegó el día en el que le dije al griego, yo misma sin que nadie me apoyara en ese momento ni me diera la razón, que por favor que se pusiera la mascarilla, que era obligatorio. Entonces el griego me contestó "don't worry, the virus is not dangerous". Y entonces peté. Y en mi cabeza aparecieron un montón de números, como en las películas, y no me podía creer que me hubiese encontrado con un negacionista. Que sí, que sé que existen, pero tenerlo tan cerca me sorprendió. Sus argumentos, lógicamente, eran argumentos de mierda, mientras yo intentaba hacerle entender, ya nerviosa perdía, en inglés, que me daba igual lo que pensara, que cumpliera las leyes y se pusiera la mascarilla. Después de varias conversaciones con Marta, emails y demás, conseguí acojonar a todo el mundo y que todos llevaran la mascarilla (aunque algunos siguen sin entender que también hay que cubrirse la nariz). Y ese miedo se medio solucionó, pero yo sabía que algo más me pasaría. Y entonces, el día de Nochebuena, el gobierno holandés decide pedir PCR a partir del 29, justo el día que yo me iba. Me cagué en todo, claro. Tenía dos opciones: o hacerme una PCR, o cambiar el vuelo. Y mi hermana dijo que lo más rápido. Que ya el dinero daba igual, que era mi salud mental. Hacerse una PCR era logísticamente bastante complicado, puesto que en Polonia es fiesta el día de Nochebuena, Navidad, y el segundo día de Navidad, y después era domingo. Así que, llamé a KLM España, y cambié el vuelo al día anterior. Y yo seguía pensando que en la puerta de embarque me pedirían una PCR. Pero obviamente no. No pasó nada. Llegué a Rotterdam Centraal con mi ffp2 y mi botecito de alcohol, donde me esperaba Grego, que hacía ya casi cuatro meses que no nos veíamos. Y entonces se me olvidó todo lo demás, porque comí, dormí y vagueé como nunca. Desconectar para conectar. Y lo mejor de todo, pasamos una Nochevieja en pijama comiendo empanadas venezolanas y croquetas de cocido madrileño (aunque he de reconocer que fui muy feliz con las arepas del primer día), mientras veía los fuegos desde un balcón holandés, algo también rarísimo para mí.

Gymkana europea aparte, he pasado una Navidad polaca. Yo sabía que comían mucho, que tenía que haber doce platos, que se empieza a comer cuando se hace de noche (es decir, mínimo a las 4 de la tarde), que no se come carne, que reparten una oblea al principio de la cena para desearnos todos cosas bonitas entre todos y que yo qué sé cuántas cosas más. Que diréis "en España también comemos mucho". NO. Lo nuestro es de risa comparado con lo que hacen estos. Los polacos están locos. Fuimos a casa de la hermana de Marta, una mujer que cocina súper bien, y, tirando de ropa de audición (que no me he arreglao en mi vida pa nochebuena), nos recibieron ella y su marido, un señor polaco que hablaba muy bien inglés. Siendo honesta, a mí esta cena me apetecía cero, porque iba a estar rodeada de polacos hablando en polaco comiendo a saber qué. Pero me tragué mis palabras. Me trataron como a una más, me sentaron entre las personas que hablaban inglés, comí de puta madre (pero por encima de mis posibilidades), tenían interés en conocerme y hasta recibí regalitos. Lo tenían todo pensado desde el minuto uno que entré a esa casa. Os prometo que las cantidades de comida eran una locura. Ahí había más de doce platos. Ya me avisó Marta: come un poquito de todo, pero poquito. Yo iba dispuesta a ello, pero hasta comiendo un poco de cada, fue imposible. Empezamos a comer a las seis de la tarde, y a las diez de la noche me retiré. No paré de comer en cuatro horas. Ellos seguían comiendo. Iban por los postres, que igual eran ocho tartas perfectamente, y yo me rendí, porque cuando se deja de disfrutar la comida y empieza a ser un sufrimiento, hay que parar. De verdad, que están locos. Era muchísimo. 

Y hasta aquí el capítulo 16. Aunque bueno, antes tengo que mencionar que hicimos muchos pierogi, muchas galletas de jengibre (que llegaron a ser tortura), me he tirado con un trineo el único día que nevó, que los españoles no sabemos hacer un muñeco de nieve y que los polacos están locos queriendo ir al bosque a dar un paseo a un grado. Pero qué bonito el bosque. Ah, y que a casa de la familia Peláez Hidalgo llegó una caja polaca sorpresa llena de productos típicos y que mañana me llega a mí la mía, no sabéis las ganas que tengo de comer jamón.

Y ya está de verdad. A partir de ahora, cada día ganamos un minuto más de luz (algo es algo) y, como en mi Erasmus, creo que todo va a ir a mejor a partir de ahora. Y no hablo de covid. 

Si has llegado hasta aquí, responde en los comentarios: ¿sopa de col o de pepinillo?


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