He vuelto, sí. Llevo pensando en volver desde el 22 de junio que me fui. Volver. Irse. Volver. A dónde vuelves, a dónde vas y de dónde vienes. Todos esos verbos que te delatan.
Mentiría si dijera que no sentí un pellizco en el estómago cuando volví a ver el Stare Miasto después de ocho meses y, aunque duró poco, Varsovia sigue como estaba. Varsovia sigue siendo Varsovia y la sensación de no haberme ido nunca era inmensamente grande. Pasear por los sitios que paseaba, con el mismo chaquetón, la misma bufanda y las mismas botas. Nada ha cambiado. Bueno, sí, el frío que no ha hecho (no sé cuántas veces hay que insistir en lo del cambio climático). Pero nada ha cambiado. Dar dos clases de flauta en un fin de semana como solía hacer e igual de cómoda que siempre, ir al billar y perder porque es imposible ganar, el Spacca Napoli, los pierogi y la sopa zurek. Todo tiene el mismo olor, color y sabor que cuando me fui. Sensación totalmente contraria a la que tuve cuando volví a Málaga después de nueve meses.
Es difícil de explicar todo esto. Han sido unos días increíbles (sobre todo después de una semana en Rotterdam) que me han servido de catarsis, coger fuerzas para lo que viene y ver un poco menos borroso mi futuro. Pero también para hacerme más amiga de mis amigos Erasmus y eso ha sido súper guay.
Ni osos, ni taza, pero buenas noticias.
3/3/2020
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