Las olas estaban a nuestros pies, las únicas luces de aquel once de agosto nos iluminaban desde el cielo, observándonos a no sé cuántos kilómetros de distancia... Y nosotros observándolas a ellas.
Las llamadas lágrimas de San Lorenzo nos habían llamado aquella noche. Cuatro amigos acudimos aquel día a la playa más perdida y alejada del pueblo, de madrugada, sólo para ver la famosa lluvia de estrellas de cada verano.
Nuestros ojos no desviaron la vista del cielo en las tres horas que estuvimos allí. La Luna le dejó el protagonismo a las estrellas, y aquella noche se escondió. Solo el cielo estrellado era precioso. No había ninguna luz artificial molestando. Podía apreciarse cada uno de aquellos puntitos luminosos que nos ofrecía el universo cada noche, y de repente... La primera. Una estrella fugaz atravesó el cielo, como si alguien hubiese encendido un foco de repente. Increíble. Nuestros diecisiete años no impidieron que nos quedáramos boquiabiertos. Se nos dibujaron sonrisas en las caras y nuestra ilusión acabó, por unos instantes, con el silencio que mantenía la playa. Qué cosa más tonta... Y a la vez tan grande. En aquellos momentos, nos sentimos muy insignificantes, pequeños... El cielo, el universo, es algo tan enorme y tan precioso... Qué rabia no saber astronomía.
Decidimos probar aquello de "Cuando veas una estrella fugaz, pide un deseo"... Y lo aplicamos a las ocho o nueve que vimos en toda la noche. Unos a largo plazo, otros más cercanos. La ilusión de retar aquellas leyendas, deseando, con todas nuestras ganas, que aquello fuese realidad.
La lluvia cesó durante unos momentos y, entre risas, nos vimos los cuatro cogidos de las manos, esperando así que volviesen aquellas lágrimas que nos sacaban sonrisas... Y, de casualidad o no, volvieron.
Aquella noche fuimos felices.
No necesitábamos nada más.
Fue tan fácil como coger las llaves, salir de casa con lo puesto e ir al sitio correcto con las personas correctas.
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