martes, 26 de marzo de 2013

Desde luego, no es un juego

Aquel día iba a morir alguien.

Apretar el gatillo, y todo terminaría. Estaba harta, quería acabar con esto de una vez por todas... Y no había otra manera.
-No merece la pena -escuchó una voz tranquilizadora a sus espaldas.
Se levantó de la roca en la que estaba sentada, bajó la pistola y miró a la persona que estaba delante de ella: una mujer joven, de unos treinta años, en una silla de ruedas, acompañada de un chaval que parecía llevarla a todas partes.
-¿Quién... quién eres?
-Bah, eso es lo de menos. Lo más importante, y lo más inquietante, es qué haces con una pistola, sola y en mitad del campo. Al lado de esto, mi nombre no tiene la menor importancia.
-Mira, déjame en paz -dijo, muy seca.
-Deduzco que tu vida va regular, seguramente para ti fatal, y has decidido quitarle la pistola a tu padre para quitarte la vida a ti misma.
No sabía quién era aquella mujercilla pero, desde luego, había dado en el clavo. Se acercó a ella.
-¿Cómo lo sabes?
Ella se encogió de hombros.
-Te lo he dicho: lo he deducido. Cuéntame por qué le has quitado esa pistola a quien sea, seguramente no nos volvamos a ver en la vida... No se lo contaré a nadie.
¿Contarle su historia a una desconocida? Aunque tenía razón, no se iban a volver a ver, quizás no sería una mala idea desahogarse antes del asunto. Aún así, no se fiaba ni un pelo.
-No. Delante de él no -dijo, señalando al chaval que la acompañaba-. Además, si quieres que te la cuente, primero tendrás que contarme tú la tuya... Quiero decir, por qué estás en una silla de ruedas, por ejemplo.
-Es sordo, puedes hablar tranquilamente -dijo, refiriéndose al chaval-. Entiendo que no te fíes de mí. Así que, si quieres, te contaré yo la mía primero, aunque es bastante sencilla y rápida de contar: accidente de coche a los doce años. Soy parapléjica desde aquel día. Él es mi hermano, es sordo desde que nació y no se despega de mí desde el accidente. Me lo hace todo: me hace la comida, me viste, me ducha... Y, bueno, él pasa más tiempo conmigo porque vivimos juntos, y más o menos nos las apañamos, pero necesitamos que venga un familiar todos los días a ayudarnos. Independencia cero, dependencia toda. Una historia bastante... Interesante, diría yo. Ahora cuéntame la razón del porqué de una pistola y tú.
La chica se quedó bastante impresionada, sin saber muy bien qué decir.
-Bueno... Hace un tiempo empecé a suspender exámenes, me peleé con mis padres, me presentaron a unos que tenían muy buen rollo... Y, entre una cosa y otra, terminé metida en las drogas. De hecho, todavía no he podido dejarlas, me es imposible. Mis padres no hacen más que decirme que vaya a un sitio de esos de desintoxicación, pero yo no quiero, porque son para los enganchados, y yo no estoy tan enganchada como ellos piensan...
-Y allá que vas tú y coges la pistola. Sí, señora, pensando con la cabeza -se quedó callada un momento-. Estarás bastante enganchada si no consigues dejarlas. Ve a un sitio de esos, tienes a una familia apoyándote y ayudándote a que salgas de ahí... No estás sola. Que si quieres, puedes. Ve a por ello.
En realidad, esta mujer tenía razón por segunda vez. Parecía haberla animado un poco. Le dijo algo a su hermano en el lenguaje de los signos y él, sin más que añadir, se fue.
-Te queda el consuelo de que lo tuyo tiene arreglo... Y lo mío no. La vida es lo más grande, no tienes por qué perderla de esta manera cuando esos problemas tienen más de una solución. Todo lo contrario, la vida está para vivirla a tope.
Estiró el brazo con la mano abierta, dispuesta a que le diese la pistola. Poco a poco se la fue acercando, hasta que, finalmente, se la dio. La chica se dio la vuelta y se tapó los ojos con las manos, preguntándose si funcionaría lo de la desintoxicación, si había hecho bien contándole su historia a una desconocida...
Lo último que dijo aquella mujercilla fue:
-Todavía estás a tiempo. Ánimo.

Bum.

Aquel día murió alguien.

(ABRIL 2011)

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